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martes, 21 de septiembre de 2010

La Busqueda

Cada búsqueda y cada recorrido vocacional es original. La iniciativa de Dios y la libertad humana se entremezclan de muchas maneras para formar un tejido único aunque variado en sus formas. Sin embargo, es posible distinguir unos puntos comunes que se repiten en toda historia vocacional en la primera etapa de búsqueda.

• Comienzos
• Primeras dificultades
• Nueva afirmación

Cada uno de estos tres hitos adquieren una pluralidad de formas. Es necesario que sepamos, si acabamos de ponernos en marcha, en qué situación estamos del proceso para poder construir nuestro camino vocacional. Si llevamos un largo camino ya recorrido no vendrá mal repasar nuestros orígenes y comprender a nuestros hermanos que comienzan a andar.

1.- COMIENZOS: (Por qué no) El que comienza un camino es porque oyó una pregunta más o menos clara: ¿Por qué no comprometerse? ¿Por qué no llegar a ser religiosa o sacerdote? Y surge una pregunta que es una respuesta aunque todavía no muy clara que habrá que clarificar y profundizar. ¿POR QUE NO?

Siempre hay un punto de partida: la llamada tienen una cara, un día, una canción, un momento especial, una oración, una amistad, una soledad, una experiencia fuerte...

Es bueno que repasemos nuestra historia vocacional o si estamos en las primeras etapas analicemos las personas que han influido en el descubrimiento e inicio de nuestra vocación y las personas que siguen influyendo y sosteniendo nuestra decisión. No son casualidades, la aparición de ciertas personas o de determinadas experiencias en nuestra vida. Para Dios no existen casualidades. Son detalles de todo un plan amoroso de Dios para cada uno de nosotros. (Jn. 1, 40-42). Mira hacia atrás y descubre los cruces de personas y circunstancias en tu vida donde encontraste a Jesús, y da gracias a Dios por ello.

2.- DIFICULTAD: (Por qué yo) En la primera etapa de esta búsqueda se fijaba uno en Dios que llama, para descubrir los signos de su voluntad. En esta segunda etapa, la persona se mide a sí misma con la misión que Dios le encomienda. Y lógicamente, la misión de Dios es más grande que nuestras posibilidades, y se origina el desánimo. Después de los entusiasmos iniciales, llegan las dificultades.

Cara a cara nos enfrentamos con nuestra realidad. A veces exageramos nuestras limitaciones y otras veces las inventamos. Temas como la oración, la fe, la madurez afectiva, el compromiso les analizamos desde las dificultades, desde la renuncia. La vocación la convertimos en una ilusión, en una autosugestión y de la madurez afectiva sólo vemos impulsos sexuales no orientados, vacío y soledad... El tiempo de oración es un tiempo desabrido, no se ve su “utilidad”, De las personas e instituciones sólo vemos los defectos. La crítica ácida hace su aparición en nuestros juicios y valoraciones.

Todo esto engendra una reacción ¿Por qué yo? Y nos defendemos con falsas justificaciones: “Tal persona es mejor que yo”; “esta vocación no es para mí”; “mejor, no correr riesgos de equivocarse”, “quién me garantiza que no voy a fallar...”
Es el momento de la elección como negación. Tus ojos se fijan en lo que dejas, en lo que pierdes. La decisión se ve como un corte. ¡Te arrancan algo! Es el tiempo de la crisis. Lo puede ver también en numerosos casos de vocaciones bíblicas.

Lee: Ex. 3, 11 ¿Quién soy yo...?
Ex. 4, 10 Por favor, Señor, yo no he sido nunca...
1 Re 19, 4 Basta, Ya, Señor, toma mi vida...

Sin embargo la noche nunca es totalmente oscura. Tiempo difícil, tiempo de lucha interior; pero allí está Jesús.

En esta etapa y ante esta situación, ¿qué hacer? Toma una actitud positiva y de confianza, vive la elección como afirmación, viendo, no lo que dejas, sino lo que adquieres; asume las responsabilidades personales. Las dificultades manifiestan tu ser: Tus consistencias y tus inconsistencias te ayudarán a entrar en ti y a reanudar el diálogo con Dios... Vive intensamente el momento presente. A la pregunta pero ¿Por qué yo?, responde ¿Por qué yo no?

3.- AFIRMACIÓN: Sí, te seguiré. Después de la duda viene la decisión generosa para seguir a Cristo. La presencia de Dios en nuestra vida, es más fuerte que nuestras limitaciones y nuestras incertidumbres. Cristo se presenta como una gran posibilidad, como un proyecto de vida que llena nuestras expectativas.

Descubrimos que elegir a Cristo no es calcular, no es perder, es vivir con plenitud, es ganar. Más que nuestras sombras, vemos la luz que emerge en nuestra vida poco a poco. Quizá no existen evidencias externas que eliminen el riesgo, pero hay siempre una gran fe y un abandono en las manos de Dios que no defrauda y no traiciona y que nos permite decir: Sí, te seguiré.

PREGÚNTATE:

-De los tres momentos de la búsqueda ¿Dónde te encuentras ahora?
-¿Qué ha cambiado en ti?
-Descubre las elecciones que ya has hecho ¿Qué ha pasado en ti?
-Analiza tu vida de oración ¿Jesús está creciendo en ti como centro y modelo único de tu vida?

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Maria, la mujer que supo escuchar

Si revisamos los 4 evangelios y buscamos lo que dijo María, no encontraremos de ella más que siete palabras: Lc 1,34 “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?”, Lc 1,38 “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”, Lc 1,40 “Saludó a Isabel”, Lc 1, 46-55 “Proclama mi alma la grandeza del Señor...”, Lc 2,48 “Hijo, ¿por qué lo has hecho así con nosotros?”, Jn 2,3 “No tienen vino”, Jn 2,5 “Hagan lo que él les diga”. Ella es la mujer del silencio. Esta actitud de nuestra Madre nos enseña la importancia del silencio en nuestro interior para poder escuchar a Dios y a María Santísima. Silencio interior que nos ayudará a estar en gracia, en paz, apartarnos de las preocupaciones del mundo y estar libres de ataduras.

La Santísima Virgen, indudablemente supo escuchar, aún lo hace y muy bien por cierto. Como ya dijimos, Ella es la Mujer del Silencio, lo sabemos por su acostumbrada actitud de oración, en la que la encontró el Arcángel Gabriel, que demuestra lo asidua que estaba Ella al silencio interior y a la oración. Aquella que estaba llena de gracia, tenía coloquios con Dios. Él había recreado en María el Jardín del Paraíso, donde se paseaba cada tarde. La costumbre que Ella tenía de guardarlo todo en su corazón, nos dice que guardaba silencio interior y llevaba todo a la oración para que Dios le hablase.

Ella Escuchó a Dios, por eso fue su respuesta rápida y total al Proyecto de Salvación. Escuchó a su Hijo… su Inmaculado Corazón le escuchó desde que los latidos del corazón de Jesús comenzaron a sentirse hasta que dejó de hacerlo en la cruz; desde ese día en la cruz Ella nos escucha a todos nosotros. No para de escuchar a todos sus hijos dispersos por el mundo; escucha sus ruegos, plegarias, angustias, deseos de toda índole, y lo que más le agrada escuchar es cuando le pedimos que nos enseñe a amar a Dios.

Las imágenes que representan a nuestra Madre, generalmente tienen las manos unidas y su preciosa cabeza mirando hacia abajo, hacia la tierra es decir hacia nosotros. Este gesto demuestra su actitud de escucha, la de escucharnos. Y cuando la vemos con la cabeza mirando hacia arriba, sobre todo en la Anunciación o a los pies de la cruz, la vemos como escuchando a Dios o llevando nuestras súplicas al Padre.

Definitivamente, María Santísima es la Madre del Silencio y un modelo excelente para que nosotros aprendamos a escuchar a Dios en nuestro corazón. Pidámosle a Ella que nos de la gracia de guardar silencio, para que descubramos el lenguaje de Dios en los acontecimientos de nuestra vida y para que también podamos escucharla a Ella. “María, sé mi Maestra y enséñame lo que debo hacer…” (Rosa Gattorno)

jueves, 9 de septiembre de 2010

Escuchar a Dios

Dios habla al corazón de sus creaturas. Nos habla a ti y a mí, y lo hace constantemente. Pero ¿Le escuchamos? En el  anterior articulo hicimos una reflexión sobre el saber escuchar a los demás; mientras lo escribía me daba cuenta de la necesidad urgente de aprender a escuchar a Dios. Si bien es cierto que Dios nos habla constantemente, más cierto es que no le escuchamos, o porque no sabemos cómo hacerlo o porque NO queremos.

Primero, para escuchar a Dios necesitamos SILENCIO; ese silencio imprescindible es el interior (de la mente, para que podamos entenderlo mejor). Decía la gran Santa Teresa de Ávila que “la mente es la loca de la casa” y es así, solo tratemos de capturar todos los momentos del día en que los pensamientos se atropellan unos a otros...conversaciones ficticias, cuentas de números, prejuicios, palabras sin sentidos, imágenes….todos, todos ellos en nuestra mente y al mismo tiempo. Guardar silencio interior es una disciplina, un ejercicio necesario para edificar nuestro ser, aprender a reflexionar, mantener la ecuanimidad y la paz; también es necesario para no perder los detalles, crecer en virtud y vencer las tentaciones, pero lo más importante: escuchar a Dios. Imposible que Dios se manifieste a nosotros en medio del bullicio de nuestra mente; aunque si lo puede hacer en medio del bullicio del mundo, mientras el corazón esté callado y quieto podremos escucharlo.

Ahora bien, no pensemos que Dios necesariamente nos va a hablar de la misma forma en que nosotros nos comunicamos; aunque puede hacerlo ¡Claro que sí! Pero El suele tener su propio lenguaje; Dios habla muy bien a través de los acontecimientos, por lo que debemos estar atentos a ellos.

De la manera en que ponemos atención para escuchar lo que alguien nos quiere decir más allá de sus palabras (lenguaje corporal, sentimientos, etc.) así mismo, pero con más relevancia, debemos poner atención a lo que Dios desea comunicarnos, que es Su Voluntad para con nosotros. Por eso utiliza, la mayoría de las veces, los acontecimientos… hechos y sucesos que pasan alrededor de nosotros, marcados con un gran simbolismo y a través de los cuales Él pretende hablarnos al corazón.

Por supuesto, que Dios también nos puede hablar claramente a través de intermediarios o de Él mismo. Recuerdan a Samuel, en medio del silencio de una noche, Dios lo llamó tres veces por su nombre, mientras él creía que era Elí (1 Samuel 3, 1-10)… al final siguiendo el consejo de su formador dijo: “Habla Señor que tu siervo escucha”. Resulta que no fueron buenas noticias las que Dios le dijo; pues lo mismo nos puede pasar a veces, y aquí vuelvo al principio: No queremos escuchar a Dios, porque no es conveniente escucharle denunciando nuestros pecados, falta de amor y compromiso, o darnos la encomienda de una misión que nos va a acarrear renuncias y cruces.

“Habla Señor que tu siervo escucha”. Silenciemos las voces de nuestro interior, es hora de escuchar a Dios, es hora de estar atentos a los acontecimientos que nos están ocurriendo porque ellos nos traen un mensaje, nada más y nada menos nos dicen lo que Él quiere comunicarnos: sus designios de amor sobre nosotros. ¿Qué vamos a hacer, entonces? ESCUCHARLE, simplemente escucharle.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Aprender a escuchar


En estas últimas semanas he estado meditando sobre lo vital de saber escuchar a las personas. ¡Qué importante es! Para mí ha resultado un aprendizaje, he de reconocer con humildad que me cuesta y que si en muchas ocasiones en lugar de actuar hubiera escuchado no habría cometido ciertos errores en mi vida. Pero como nunca es tarde para aprender, y de eso se trata la vida, aquí estoy “aprendiendo a escuchar”. Por eso, quiero compartir con ustedes algunas ideas de este aprendizaje maravilloso.

Saber escuchar es un arte, definitivamente. Hay quienes piensan que porque son muy elocuentes y manejan muy bien su hablar son excelentes comunicadores, sin embargo no saben escuchar.

Dios es Sabiduría Plena y todo, absolutamente todo, lo que hace tiene “un porque”. No se han preguntado: ¿Por qué tenemos dos oídos y una sola boca? ¿Y por qué los oídos los tenemos hacia ambos lados y la boca en una dirección, la del frente?... ¿Será que Dios nos está insinuando con esto que debemos escuchar más de los que hablamos? ¿Nos estará diciendo que debemos escuchar todo lo que suceda a nuestro alrededor y hablar de frente a las personas? Ya el antiguo Filosofo griego Senón decía: "La naturaleza nos ha dado dos oídos y una sola boca, para recordarnos que vale más escuchar que hablar".

Cuando escuchamos, tomamos la certeza de que alguien nos ha hablado y que esa persona al sentirse escuchada, verá como a alguien le importa los detalles de su vida. Hoy en día, a pesar de que estamos en la era de las comunicaciones, las personas se sienten solas y la mayoría están necesitadas de que las escuchen.

Cuando entramos en el proceso de saber escuchar pasan cosas muy interesantes; por ejemplo, nos damos cuenta de que no lo sabemos todo, y que por lo tanto al no tener todos los datos no podemos juzgar. Claramente nos damos cuenta de que no lo sabemos todo y que por lo tanto debemos ser discretos y prudentes al hablar.

Ahora bien he descubierto que no se trata solo de escuchar las palabras, escuchar va más allá. Tiene que ver con escuchar el corazón, interpretar lo que las palabras no pueden decir; tiene que ver con percibir los sentimientos más profundos de quien habla. Saber escuchar es saber mirar, saber sentir. Esto es buscar al otro… cuando le escuchamos le damos tiempo y un tiempo de calidad. Al escuchar con el corazón se lo estamos abriendo con serenidad y le damos el mensaje de que tenemos todo el tiempo del mundo para la persona que nos habla… “No hay prisas, yo quiero estar contigo, tengo tiempo para ti”. Se lo demostraremos con nuestra postura, el gesto de nuestro rostro, etc.

Hay unas reglas muy asertivas sobre escuchar, se llaman “10 Reglas de la Buena Escucha” las definió Keith Davis, son las siguientes:

1. Deje de hablar. Usted no puede escuchar si está hablando.
2. Hacer que el que habla se sienta cómodo. Ayúdelo a sentirse que es libre de hablar.
3. Demuéstrele que desea escucharlo. Parezca y actúe como si estuviera sinceramente interesado.
4. Elimine y evite las distracciones. No se distraiga jugando con pedazos de papel, escribiendo, etc.
5. Trate de ser empático con el otro. Intente ponerse en su lugar, comprender su punto de vista.
6. Sea paciente. Dedíquele el tiempo necesario, no interrumpa.
7. Mantenga la calma y su buen humor. Una persona colérica toma el peor sentido de las palabras.
8. Evite discusiones y críticas, sea prudente con sus argumentos.
9. Haga preguntas. Esto estimula al otro y muestra que usted está escuchándolo.
10. Pare de hablar. Esto es lo primero y lo último. Todas las otras reglas dependen de esto. Usted no puede ser un buen escucha mientras esté hablando.

Hoy es un buen día para empezar a practicar estas reglas y aprender a escuchar ¿Que si nos va a costar? ¡Por supuesto que si! Viviremos muchos minutos heroicos, de eso tratamos aquí.

Comencemos con los que nos quedan cerca; hagamos un poco de silencio, tanto interior como exterior y descubriremos el misterio hermoso que hay en los seres humanos, sólo así nos encaminaremos a escuchar a Dios. Pero ese será otra reflexión.

Un abrazo.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Vocacion

¡Hola amigo! Este articulo es para ti si eres joven de cuerpo y espíritu. No importa que seas chico o chica. Pretendemos ayudarte en la delicada, y audaz, tarea de encontrar tu propia vocación. Dios llama a todos a ser santos por distintos caminos. A ti también te llama, no lo dudes. La VOCACIÓN es una LUZ QUE HAY QUE DESCUBRIR PARA VER EL CAMINO. ¿Te has fijado bien en la foto? Contémplala un rato. ¿Qué ves? Dos que caminan por un túnel hacia la luz. Uno más pequeño que el otro. Los dos unidos en un gesto de amistad. ¿No te imaginas que ese más pequeño, el que se deja ayudar, puedes ser tú? ¿No sientes en tu alma una fuerte inquietud, como un fuego ardiente, una tremenda ilusión que te hace decir: -Señor, ¿qué quieres de mí?

Somos a veces como un ciego que no ve, pero debemos ser como el del camino de Jericó, que cuando supo que junto a él pasaba Cristo, comenzó a gritar: -¡JESÚS, HIJO DE DAVID, TEN COMPASIÓN DE MÍ! .- Y Jesús le pregunta: -¿Qué quieres que haga contigo?.- Y el ciego respondió: -SEÑOR, ¡QUE VEA!.- Jesús le dijo con gozo: -Tu fe te ha curado. Y recuperando la vista LO SIGUIÓ POR EL CAMINO.

El Señor pasa cerca de ti. Dile con fuerza: ¡SEÑOR, HAZ QUE VEA! Y déjate llevar al encuentro de la LUZ. El Señor te necesita a ti y a muchos más. El trabajo es abundante, y las manos son pocas.

¿Tienes dudas? Aquí estamos dispuestos a ayudarte. Cuenta con nosotros. Escríbenos. Comparte tus inquietudes. Intentaremos aconsejarte con el corazón en la mano, y con la luz del Espíritu Santo. Te esperamos en esta página que está a tu servicio.

Un abrazo

lunes, 23 de agosto de 2010

Caer en brazos de Dios

"A fin de imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a Él, de verdad, cada vez más; quiero y escojo la pobreza con Cristo, pobre más que la riqueza; las humillaciones con Cristo humillado, más que los honores, y prefiero ser tenido por idiota y loco por Cristo, el primero que ha pasado por tal, antes que como sabio y prudente en este mundo".
Ninguna riqueza del mundo bastaría si Dios nos pidiese cuentas, y es que ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?, decía Ignacio a Francisco.
Hoy en día el problema sigue siendo el mismo, un problema que afrontamos a diario, y quizás es hoy más difícil de lo que fué ayer, para nuestros padres, nuestros abuelos.
El mundo de hoy ofrece posibilidades nunca antes vistas, tanto buenas como malas, ofrece libertad y también (en abundancia) libertinaje. Andamos con los ojos vendados ante el despliegue de esa modernidad que envuelve y empalaga los sentidos, dejándonos incapaces de poder discernir.
En la actualidad, el ser humano tiene miedo de tomar decisiones importantes, aquellas que son del espíritu, ante una decisión, siente que esta en un vacío, le parece que va a caer inevitablemente y por eso se aferra a la superficie, aunque sea una superficie árida y desierta, al tiempo esa superficie, se vuelve su vida.
Hoy se sufre de un modo distinto al sufirmiento de tiempos de Ignacio, el hombre tiene el espìritu roto, el alma dolida y la lleva a rastras, ¿acaso no somos capaces de salir de nuestro "yo" un instante, y ver al que sufre al lado?. No, hoy buscamos sentirnos satisfechos, como si empacharse fuera igual a sentirse lleno, lleno de esa riqueza que "no es destruida por polilla, ni arrebatada por ladrones".
Ignacio también tuvo dudas, estando convaleciente y experimentando el doloroso parto de la conversión, dejando que el espíritu corra por el ser, dudaba entre seguir a Cristo, o seguir al mundo, amores, glorias, riquezas. Pero tuvo que apostar, decidirse por una de "las dos banderas", y él eligió seguir a Cristo, y como los apóstoles dejándolo todo, se marchó con Dios como norte.
Hay que saltar, en la vida tenemos que tomar decisiones, si tenemos a Dios como norte, nada puede fallar, Él es como un padre que espera al hijo que salte del columpio, lo espera con los brazos abiertos y lo anima a saltar, el niño tiembla, pero la voz de su padre le inspira confianza, finalmente, salta... ¿creen que el padre no lo sostendrá?... Dios siempre esta ahí, con los brazos abiertos, como en la cruz.
Isaías pone en boca de Dios las siguientes palabras: “¿Acaso puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el Hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, Yo no me olvidaré". Confiemos pues en Dios, seamos como Ignacio, Francisco, Pedro, como tantos otros que han dado sus vidas por un mensaje de amor, por amar más, por hacer que ese músculo que llevamos en el pecho quede corto ante la explosión de afecto.
Porque siendo transparentes, no debe existir miedo al salto a confiar, Dios todo lo ve en nosotros y a pesar de eso nos ama, "hasta el último de nuestros cabellos ha sido contado por Él", ¿quieres ver mi creación mas hermosa?, pues mírate en un espejo, dice nuestro Padre en cada oración.
Si damos todo de nosotros, lo bueno, lo malo, lo feo, y lo ponemos en manos de Dios, no tengamos dudas que Él nos va a conducir a la verdadera felicidad, porque esa es su Gloria, no hay mayor gloria para el Señor que la felicidad de sus hijos, ¿acaso no es la de todo padre?, Dios no se niega ni se negará jamás a sí mismo, todo en Él es amor y Perdón.
Animados pues, confiemos... que vamos a caer en sus brazos.

jueves, 19 de agosto de 2010

Carta de un sacerdote

Esta carta pertenece al P. José Luis Martín Descalzo, un sacerdote español.
Señor nada soy sin ti, mi dolor es también tuyo, bendice, bendice… Espíritu santo, sopla sobre mí. Gracias señor. Gracias. Con esta palabra podría concluir esta carta, Dios mío, amor mío; porque eso es todo lo que tengo que decirte: Gracias, gracias. Sí, desde la altura de mis cincuenta y cinco años, vuelvo mi vista atrás, ¿qué encuentro sino la interminable cordillera de tu amor? No hay rincón en mi historia en el que no fulgiera tu misericordia sobre mí; no ha existido una hora en que no haya experimentado tu presencia amorosa y paternal acariciando mi alma.
Ayer mismo recibía la carta de una amiga que acaba de enterarse de mis problemas de salud y me escribe furiosa: «Una gran carga de rabia invade todo mi ser y me rebelo una vez y otra vez contra ese Dios que permite que personas como tú sufran.» ¡Pobrecita! Su cariño no le deja ver la verdad, porque -aparte de que yo no soy más importante que nadie- toda mi vida es testimonio de dos cosas: en mis cincuenta años he sufrido no pocas veces de manos de los hombres; de ellos he recibido arañazos y desagradecimientos, soledad e incomprensiones, pero de ti no he recibido sino una interminable siembra de gestos de cariño; mi última enfermedad es uno de ellos.
Me diste primero el ser; esta maravilla de ser hombre, el gozo de respirar la belleza del mundo, el de encontrarme a gusto en la familia humana; el de saber que, a fin de cuentas, si pongo en una balanza todos esos arañazos y zancadillas recibidos, serán siempre muchísimo menores que el gran amor que esos mismos hombres pusieron en el otro platino de la balanza de mi vida. ¿He sido acaso un hombre afortunado y fuera de lo normal? Probablemente, pero ¿en nombre de qué podría yo ahora fingirme un mártir de la condición humana si sé que, en definitiva, he tenido más ayudas y comprensión que dificultades?
Y, además, tú acompañaste el don de ser con el de la fe. En mi infancia yo palpé tu presencia a todas horas; para mí, tu imagen fue la de un Dios sencillo, jamás me aterrorizaron con tu nombre y me sembraron en el alma esa fabulosa capacidad: la de saberme amado, la de experimentar tu presencia cotidiana en el correr de las horas.
Hay entre los hombres -lo sé- quienes maldicen el día de su nacimiento, quienes te gritan que ellos no pidieron nacer. Tampoco yo lo pedí, porque antes no existía, pero de haber sabido lo que sería mi vida, con qué gritos te habría implorado la existencia, ésta, precisamente, que de hecho me diste.
Supongo que fue absolutamente decisivo el nacer en la familia que tú me elegiste. Hoy daría todo cuanto después he conseguido, sólo por tener los padres y hermanos que tuve; todos fueron testigos vivos de la presencia de tu amor. En ellos aprendí -¡qué fácilmente!- quién eras y cómo eres. Desde entonces amarte -y amar, por tanto, a todos y a todo- me empezó a resultar cuesta abajo. Lo absurdo habría sido no quererte; lo difícil habría sido vivir en la amargura. La felicidad, la fe, la confianza en la vida fueron, para mí, como el plato de natillas que mamá pondría, infaliblemente, a la hora de comer; algo que vendría con toda seguridad y, que si no venía, era simplemente porque aquel día estaban más caros los huevos, no porque hubiera escaseado el amor. Entonces aprendí también que el dolor era parte del juego; no una maldición, sino algo que entraba en el sueldo de vivir; algo que, en todo caso, siempre sería insuficiente para quitarnos la alegría.
Gracias a todo ello, ahora -siento un poco de vergüenza al decirlo- ni el dolor me duele, ni la amargura me amarga. No porque yo sea un valiente, sino sencillamente porque al haber aprendido desde niño a contemplar ante todo las zonas positivas de la vida y al haber asumido con normalidad las negras, resulta que, cuando éstas llegan, ya no son negras, sino sólo un tanto grises. Otro amigo me escribe en estos días que podré soportar la diálisis «chapuzándome en Dios»; a mi eso me parece un poco excesivo y melodramático porque, o no es para tanto, o es que de pequeño me «chapuzaron» ya en la presencia «normal» de Dios y en ti me siento siempre como acorazado contra el sufrimiento; o tal vez es que el verdadero dolor aún no ha llegado.
A veces pienso que he tenido «demasiado buena suerte». Los santos te ofrecían cosas grandes; yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre; la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo; ni siquiera la soledad, ni siquiera esos descensos a la nada con que tú regalas a veces a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento pero, ¿qué hago yo si a mi no me has abandonado nunca? A veces me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el huerto de los olivos, sin haber tenido yo mi agonía de Getsemaní. Pero es que tú -no sé por qué- jamás me sacaste del domingo de Ramos. Incluso alguna vez -en mis sueños heroicos- he pensado que me habría gustado tener yo también una buena crisis de fe para demostrarte a ti y a mi mismo que la tengo. Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes.
Y no es, claro, que yo haya sido mejor que los demás; el pecado ha puesto su guarida en mí y tú y yo sabemos hasta qué profundidades. Pero la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura he podido experimentar plenamente la llama negra del mal, de tanta luz como tú mantenías a mi lado. En la miseria, he seguido siendo tuyo y hasta me parece que tu amor era tanto más tierno cuantas más niñerías hacía yo.
También me gustaría presumir ante ti de persecuciones y dificultades; pero tú sabes que, aún en lo humano, me rodeó siempre más gente estupenda que traidora y que recibí por cada incomprensión diez sonrisas; que tuve la fortuna de que el mal nunca me hiciera daño y, sobre todo, que no me dejara amargura dentro, que incluso de aquello saqué siempre ganas de ser mejor y hasta misteriosas amistades.
Luego, me diste el asombro de mi vocación; ser cura es imposible, tú lo sabes, pero también maravilloso, yo lo sé. Hoy no tengo, es cierto, el entusiasmo de enamorado de los primeros días pero, por fortuna, no me he acostumbrado aún a decir misa y aún tiemblo cada vez que confieso. Y sé aún lo que es el gozo soberano de poder ayudar a la gente -siempre más de lo que yo personalmente sabría- y el de poder anunciarles tu nombre. Aún lloro -¿sabes?- leyendo la parábola del hijo pródigo; aún -gracias a ti- no puedo decir sin conmoverme esa parte del credo que habla de tu pasión y de tu muerte.
Porque, naturalmente, el mayor de tus dones fue tu hijo, Jesús. Si yo hubiera sido el más desgraciado de los hombres, si las desgracias me hubieran perseguido por todos los rincones de mi vida, sé que me habría bastado recordar a Jesús para superarlas. Que tú hayas sido uno de nosotros me reconcilia con todos nuestros fracasos y vacíos. ¿Cómo se puede estar triste sabiendo que este planeta ha sido pisado por tus pies? ¿Para qué quiero más ternuras que la de pensar en el rostro de María?
He sido feliz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido feliz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque éste es el asombro; el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones, si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte. Por eso me da tanta pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡sí estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza; amarte, colaborar contigo en la construcción del gran edificio del amor!
Me cuesta decir que aquí te damos gloria. ¡Eso sería demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo; nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido. El amor, tú lo sabes muy bien, es él solo su propia recompensa y no es que la felicidad sea la consecuencia o el fruto del amor; el amor ya es, por sí solo, la felicidad. Saberte padre es el cielo. Claro que no me tienes que dar porque te quiera; quererte ya es un don. No podrás darme más.
Por todo eso, Dios mío, he querido hablar de ti y contigo en esta página final de mis Razones para el amor. Tú eres la última y la única razón de mi amor; no tengo otras. ¿Cómo tendría alguna esperanza sin ti? ¿En qué se apoyaría mi alegría si nos faltases tú? ¿En qué vino insípido se tornarían todos mis amores si no fueran reflejo de tu amor? Eres tú quien da fuerza y vigor a todo. Y yo sé sobradamente que toda mi tarea de hombre es repetir y repetir tu nombre y retirarme.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Sacerdote. ¿Por qué no?

Sacerdote, ¿Por qué no?
Viene a mi recuerdo la anécdota que José Luis Martín Descalzo -q.e.p.d.- contaba de un concurso fotográfico que organizó hace años el periódico Il Tempo sobre: «¿qué quieres ser de mayor?». Los niños italianos acudían a la redacción del periódico para elegir uno de los setenta y ocho oficios que ofrecían. Se vestían con el traje y se hacían una fotografía. El periódico fue seleccionando y publicando las mejores imágenes.
Cuentan que hubo un niño que miró la lista una y otra vez, como si buscase algo que no encontrara… Al no hallar lo que buscaba, le dijo a su padre:
–Papá, y sacerdote ¿no puedo ser?
Su padre se quedó helado. Repasó la lista y efectivamente no habían contemplado que alguien pudiera soñar con ser sacerdote de mayor.
Tal vez para algunos, en el mundo que anhelan, sólo tengan cabida buzos, astronautas, bomberos, toreros, deportistas… y no sacerdotes.
Desconozco si fue un olvido fortuito o un presagio del equipo de dirección. Lo cierto es que hace unos días compré un libro titulado «Elige lo que quieres ser. Guía completa de carreras universitarias y formación profesional». Y por lo que he podido hojear, en el mundo con el que sueñan algunos, sólo tienen cabida economistas, científicos, médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, empresarios, políticos, periodistas, deportistas, cantantes…
Ciertamente son pocos los que llegan a descubrir que la verdadera necesidad de nuestra humanidad hoy es la de ser «panaderos», «panaderos de Dios», es decir, sacerdotes. En el mundo sigue habiendo hambre. Muchos, sobre todo ahora, tienen por desgracia también hambre de pan. Otros, tienen hambre de justicia, de ternura, de amor. Al parecer, «el pan con código de barras» que la sociedad de consumo ofrece no termina de saciarles plenamente. Todos, aunque a veces lo ignoren o incluso lo nieguen, sienten profundamente «hambre de Dios». Necesitan sentirse queridos, respetados, valorados, llenar sus vidas de sentido, de plenitud, de autenticidad, de libertad, de felicidad, de eternidad… Dones y gracias que sólo el Señor puede regalarnos ofreciéndose Él mismo como «pan eucarístico» que es compartido y repartido por quienes han sido llamados (vocación) a ser, por pura gracia, sus «panaderos» (sacerdotes).
¡Qué suerte poder contar en cada comunidad, en cada pueblo o país, con un puñado de «panaderos» que repartan a manos llenas el «pan de la Palabra», el «pan de la Eucaristía», el «pan de la Misericordia (reconciliación)», el «pan de la Fraternidad (comunión)», el «pan de la Solidaridad»…!
No sé si aquellos redactores de Il Tempo practicaban como católicos, pero podría asegurar que, casi todos ellos un día entraron a formar parte de la gran familia cristiana con el agua que un sacerdote derramó en sus frentes recién nacidas; que temblaron sus piernas cuando un sacerdote les dio el Cuerpo de Cristo (la comunión); que todos ellos habrán tenido un amigo sacerdote que alguna vez les haya escuchado, orientado y animado a cambiar de actitud o de vida (conversión) y a descubrir el verdadero rostro de Dios, Padre entrañable que perdona y devuelve a cada uno su dignidad como hijo… E imagino que algún día desearán tener un sacerdote al lado, cuando el Padre les mire, y les pregunte: «Y tú, ¿qué has hecho de tu vida?». Sería muy triste que en ese momento únicamente se vieran rodeados de buzos, astronautas, bomberos, toreros…
Los sacerdotes ―aun reconociendo sus límites y fragilidades― son una bendición para todos, un «bien ecológico» para la humanidad y no un objeto arqueológico como a muchos les gustaría. Ser sacerdote hoy es una de las formas más sublimes de hacer visible el Reino de Dios; una de las formas más hermosas de encarnar los ideales de cualquier joven; una de las formas posibles de hacer la voluntad de Dios y sentirse plenamente realizado; una de las formas reales de ser feliz; una de las formas, aunque parezca paradójico, de ser totalmente libre; una de las formas más auténticas para ser realmente fecundo en la vida… Pero sigue siendo un bien escaso; un ministerio con plazas disponibles.
¿Has pensado alguna vez que Dios ha podido adornarte con esta gracia tan extraordinaria? ¿No sientes curiosidad por saberlo? Si así fuera, ¡no tengas miedo! Te basta su GRACIA.
Ángel Javier Pérez Pueyo. Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades. Conferencia Episcopal Española.

martes, 1 de junio de 2010

EL SACERDOTE


UN SIMPLE SACERDOTE (Por: Pbro. Martín Lasarte (salesiano) – Angola)

Soy un simple sacerdote católico uruguayo que hace 20 años vivo en Angola. Me siento feliz y orgulloso de mi vocación. Me da un gran dolor por el profundo mal que sacerdotes que deberían de ser señales del amor de Dios, sean un puñal en la vida de inocentes. No hay palabra que justifique tales actos. Veo en muchos medios de información, la ampliación del tema en forma morbosa, investigando en detalles la vida de algún sacerdote pedófilo. Así aparece uno de una ciudad de USA, de la década del 70, otro en Australia de los años 80 y así de frente, otros casos recientes…
¡Es curiosa la poca noticia y desinterés por miles y miles de sacerdotes que se consumen por millones de niños, por los adolescentes y los más desfavorecidos en los cuatro ángulos del mundo! Pienso que los medios de información no le interesa que yo haya tenido que transportar, por caminos minados en el año 2002, a muchos niños desnutridos desde Cangumbe a Lwena (Angola), pues ni el gobierno se disponía y las ONG’s no estaban autorizadas.
No ha sido noticia que haya tenido que enterrar decenas de pequeños fallecidos entre los desplazados de guerra y los que han retornado; que le hayamos salvado la vida a miles de personas en Moxico mediante el único puesto médico en 90.000 km2, así como con la distribución de alimentos y semillas; que hayamos dado la oportunidad de educación en estos 10 años y escuelas a más de 110.000 niños... No es de interés que con otros sacerdotes hayamos tenido que socorrer la crisis humanitaria de cerca de 15.000 personas en los acuartelamientos de la guerrilla, después de su rendición, porque no llegaban los alimentos del Gobierno y la ONU.
No es noticia que un sacerdote de 75 años, el P. Roberto, por las noches recorra las ciudad de Luanda curando a los chicos de la calle, llevándolos a una casa de acogida, para que se desintoxiquen de la gasolina; que alfabeticen cientos de presos; que otros sacerdotes, como P. Stefano, tengan hogares transitorios para los chicos que son golpeados, maltratados y hasta violados y buscan un refugio. Tampoco que Fray Maiato con sus 80 años, pase casa por casa confortando los enfermos y desesperados.
No es noticia que más de 60.000 de los 400.000 sacerdotes, y religiosos hayan dejado su tierra y su familia para servir a sus hermanos en una leprosería, en hospitales, campos de refugiados, orfanatos para niños acusados de hechiceros o huérfanos de padres que fallecieron con Sida, en escuelas para los más pobres, en centros de formación profesional, en centros de atención a cero positivos… o en parroquias y misiones dando motivaciones a la gente para vivir y amar.
No es noticia que mi amigo, el P. Marcos Aurelio (de cuya historia doy fe), por salvar a unos jóvenes durante la guerra en Angola, lo haya transportado de Kalulo a Dondo y volviendo a su misión haya sido ametrallado en el camino (y confirmo que fueron 14 ametralladoras de la guerrilla apostadas en una curva).
Que el hermano Francisco, con cinco señoras catequistas, por ir a ayudar a las áreas rurales más recónditas hayan muerto en un asalto en la calle; que decenas de misioneros en Angola hayan muerto por falta de socorro sanitario, por una simple malaria; que otros hayan saltado por los aires, a causa de una mina, visitando a su gente. En el cementerio de Kalulo están las tumbas de los primeros sacerdotes que llegaron a la región… Ninguno pasa los 40 años.
No es noticia acompañar la vida de un Sacerdote “normal” en su día a día, en sus dificultades y alegrías consumiendo sin ruido su vida a favor de la comunidad que sirve. La verdad es que no procuramos ser noticia, sino simplemente llevar la Buena Noticia, esa noticia que sin ruido comenzó en la noche de Pascua. Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece.
No pretendo hacer una apología de la Iglesia y ni de los sacerdotes. El sacerdote no es ni un héroe ni un neurótico. Es un simple hombre, que con su humanidad busca seguir a Jesús y servir sus hermanos.
(Pbro. Martín Lasarte (salesiano) – Angola)

A DIOS POR CRISTO Y A CRISTO POR MARÍA!!!!
No olvidemos que el verdadero heroísmo está en los "detalles cotidianos de la vida"

martes, 27 de abril de 2010

Dios nos llama una a una, uno a uno, personalmente, por nuestro nombre

Dios no nos llama a granel, sino de un modo personalizado: desea que seamos todos santos –felices en esta tierra y en el Cielo, unidos a la Cruz de Cristo- recorriendo el camino irrepetible de cada una, de cada uno .

La vocación, por tanto, es al mismo tiempo comunitaria (todos tenemos vocación) y personal (yo tengo mi vocación, una vocación singular). No hay ninguna existencia dejada al azar, olvidada o sometida a un destino ciego.

Todos —bautizados o no— somos enviados por Dios. Todos tenemos una misión específica en la tarea de la Corredención. Cada persona es un misterio único de amor y de vocación:

“Todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío” (Catecismo de la Iglesia Católica, 864).

Dios propone un plan a cada hombre, pero no se lo impone: la libertad del hombre, al aceptar el plan divino, se conjuga misteriosamente con la gracia de Dios. De ese modo, el hombre acaba fortaleciendo y configurando su propia vocación: “Hermanos, pongan el mayor esmero en fortalecer su vocación y elección” (2 Pedro, 1.10).

domingo, 25 de abril de 2010

Vocacion Universal a la Santidad

Dios nos llama a todos. ¿Qué significa la expresión "vocación universal a la santidad"?
La vocación universal a la santidad significa que Dios nos ha elegido a todos en Cristo, antes de la creación del mundo, con una vocación común, que nos impulsa a ser santos.

Pablo VI: “Toda vida es una vocación”. (Populorum progressio, 26.III.1967)

Catecismo de la Iglesia: ‘Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad’ (LG 40). Todos son llamados a la santidad: ‘Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’ (Mt 5, 48):

Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo.

Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos. (LG 40). Cat, 2013.

jueves, 22 de abril de 2010

La Vocacion nuestro nombre

La predrecita blanca
Comenta García Morato en su libro Creados por amor, elegidos para amar, la frase bíblica: Te he llamado por tu nombre", que alude a la vocación y misión concreta que Dios nos confía. Al llamarnos por nuestro nombre Dios nos invita a una vida única, singular, irrepetible.

"Para quien tiene fe -escribe este autor- el sentido de la existencia no es una especie de acertijo kafkiano: la revelación cristiana afirma que ese nombre se puede conocer en esta vida y esforzarse por realizar, si libremente se desea: "al vencedor le daré también una piedrecita blanca, y escrito en esa piedrecita un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe" (...),

La cuestión es que el nombre verdadero sólo nos lo puede dar quien nos conozca en plenitud. Por eso sólo Dios nos puede poner el nombre, porque sólo Él nos ama plenamente: ese nombre expresa lo que somos.

Y no podemos olvidar que , para conocerlo, es necesario oirlo, escucharlo una y otra vez, y preguntarlo si es preciso.

Del mismo modo que hemos aprendido nuestro propio nombre de pila oyendo desde la cuna como otros nos nombraban, y nuestros apellidos -incluso remontándonos a varias generaciones- preguntando a nuestros padres, podemos conocer el nombre que Dios nos da si nos decidimos a creer en Él, a preguntarle, fiándonos del amor conque nos nombra, y a escuchar.

Lo expresa magníficamente Ernestina de Champourcin en uno de sus poemas, cuando dice:

No sé como me llamo...
Tú lo sabes Señor.
Tú conoces el nombre
que hay en tu corazón
y es solamente mío;
el nombre que tu amor
me dará para siempre
si respondo a tu vos.
Pronuncia esa palabra
de júbilo o dolor...
¡Llámame por el nombre
que me diste, Señor!

Pero como nada humano es realizable sin la libertad personal, no se trata simplemente de un nombre impuesto: es un nombre dado (donado) que, a la vez, ha de llegar a ser expresión de la identidad que hayamos realizado, tratando de vivir la verdad de nuestra existencia.

Dios nos da el nombre como identidad y como meta: no cabe, por decirlo así- que nos "obligue" a llamarnos "así".

Sin duda ese nombre es lo que nos define, pero la definición de la persona es siempre autodefinición.

Nos vamos definiendo en la medida en que descubrimos y nos empeñamos en realizar el plan divino PARA Y POR EL QUE fuimos creados.

Pues Dios primero piensa en nuestra vida como misión y luego nos otorga las cualidades necesarias para llevarlas a cabo.

miércoles, 21 de abril de 2010

La vocación: una llamada divina a la plenitud del amor


¿Qué es la vocación? La vocación es una luz que se enciende en la vida para iluminarla por entero: es una gracia, una iniciativa y una elección de Dios.

La vocación lleva a una misión: corredimir con Cristo, llevar la Buena Noticia del Evangelio, a todos los hombres; acercar a todos los hombres a la plenitud del Amor y la Belleza; a la máxima felicidad, que es la unión con Dios.Concepto: Se entiende por vocación (del latín vocare, llamar) la llamada de Dios para realizar una tarea que abarca la vida entera. Se entiende por vocación (del latín vocare, llamar) la llamada de Dios para realizar una tarea que abarca la vida entera.
La vocación según el Catecismo de la Iglesia Católica: Cristo no vivió su vida para sí mismo, sino para nosotros, desde su Encarnación "por nosotros los hombres y por nuestra salvación" hasta su muerte "por nuestros pecados" (1 Co 15, 3) y en su Resurrección para nuestra justificación (Rom 4,25). (Cat. 519). Cristo nos invita a seguirle y nos da ejemplo de entrega libre a la voluntad de Dios. Durante toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo (cf. Rm 15,5; Flp 2, 5): Él es el "hombre perfecto" (GS 38) que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle:
Con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar (cf. Jn 13, 15);
Con su oración atrae a la oración (cf. Lc 11, 1);
Con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (cf. Mt 5, 11-12). (Cat. 520)